martes, 17 de octubre de 2023

La bioquímica del amor... ¿sólo eso?

De acuerdo con el estudio que cita Larry J. Young, los científicos podrían reducir el amor a una cadena de sucesos bioquímicos

El amor, irremediable sentimiento que nos posee sin que nuestra voluntad pueda hacer nada al respecto, ha sido y será fuente de inspiración de poemas, novelas, películas, pinturas, canciones y también de experimentos científicos. La curiosidad por descubrir los intrincados secretos bioquímicos del amor motiva muchas investigaciones. En este caso, una de las revistas científicas más importantes a nivel mundial, la revista Nature en su número de enero publicó un polémico ensayo donde Larry J. Young, del Centro de Investigaciones sobre Primates Yerkes, en Atlanta, Estados Unidos, señala que los investigadores ahora intentan aislar e identificar los componentes neuronales y genéticos de esta “exclusiva” emoción humana. El ensayo argumenta que es posible que pronto los biólogos sean capaces de reducir a una cadena de sucesos bioquímicos ciertos estados mentales relacionados con el amor.

Lejano a todo romanticismo, el autor del artículo considera que el análisis de varios mecanismos cerebrales que han servido para contar con terapias farmacológicas contra la ansiedad y las fobias ahora podrían aportar en los terrenos del amor. Reduciendo al amor como una serie de reacciones químicas y eléctricas que ocurren en el cerebro.

Young basa su hipótesis en los exitosos resultados de experimentos con animales dedicados a conocer los mecanismos que regulan emociones como el amor. En estos experimentos, el elemento estrella es la “oxitocina”. Esta hormona, segregada de forma natural por el hipotálamo, ha mostrado su capacidad para crear fuertes vínculos entre animales y mejorar la confianza en las relaciones entre humanos.

Con una lógica evolutiva Young señala que los mecanismos cerebrales y hormonales que se encuentran en este fenómeno humano que llamamos “amor” son únicamente parte de un fenómeno cerebral ya que nuestras emociones se albergan en este órgano y deben haber evolucionado a partir de mecanismos existentes en nuestros ancestros mamíferos. Así, la forma en que una madre ama a su bebé no debe ser muy diferente al amor de una madre de chimpancé u otro primate, incluso de una rata.

El artículo postula que algunos mecanismos hormonales que contribuyen a formar vínculos entre progenitores y crías pudieron haberse aprovechado en la evolución para formar vínculos entre parejas. Freud seguramente estaría feliz de escuchar esto confirmando el complejo de Edipo.

Diferentes investigaciones han comprobado que la conexión entre progenitores y crías de ratas, de ganado y de seres humanos, se debe a una descarga de la hormona oxitocina que favorece los comportamientos maternales. Y en perritos de las praderas y humanos se ha visto que esta hormona participa en la formación de relaciones monógamas que duran mucho tiempo.

Pero, como había señalado en artículos anteriores, Young también sostiene que la oxitocina necesita de otro neurotransmisor: la dopamina, que es el de la recompensa y la motivación hacia un comportamiento. Esta es la hormona que aumenta con la cocaína, la heroína o la nicotina y favorece la euforia y la adicción a un producto.

En el caso masculino, existen otros caminos neuroquímicos: en los machos de ratones de la pradera, la vasopresina es la hormona que potencia la unión a la pareja, la agresión a los rivales y los instintos paternales.

En su artículo, Young afirma que existe “un solapamiento intrigante entre las áreas del cerebro involucradas en el establecimiento de los vínculos de pareja en los perritos de la pradera y aquellas asociadas al amor en humanos”. En su opinión, gracias a los modelos con animales se está empezando a deconstruir el fenómeno amoroso y la posibilidad de que un “pretendiente sin escrúpulos pueda deslizar una poción amorosa farmacéutica en nuestra bebida” no está lejos.

De alguna forma el artículo de Young saca conclusiones pretenciosas simplificando los resultados de los experimentos sin considerar que una vez que existe la cultura, el funcionamiento de los seres humanos se vuelve mucho más complejo que el de los animales. Pero eso no impide que ya hoy en día existan productos a base de feromonas y oxitocina que prometen mejorar la vida sexual y amorosa de quienes los apliquen. Obviamente la posibilidad de generar una “píldora del amor” con oxitocina son inquietantes, aunque algunos científicos proponen que más que generar un fármaco del amor, se podría utilizar la sustancia de modo cosmético, este simple hecho plantea que quizá en un futuro cercano tengamos que tomar decisiones como sociedad hacia este tipo de productos.

Lo definitivo es que simplificar este sentimiento humano a reacciones químicas o a simples señales eléctricas es reducir una obra maestra en pintura a un conjunto de colores, a un delicioso pastel solamente en sus ingredientes, cuando efectivamente las reacciones químicas y las señales eléctricas son elementos de la más grande experiencia humana.